| Publicado por Tono Martin, el 16 Octubre 2009 en Artículos Destacados, Crónicas |

Es NACHO VEGAS, pero nos gusta

El miércoles estuvimos en la primera jornada del Festival I know I’m a singer-songwriter (but I like it) en la madrileña sala Joy Eslava convertida para la ocasión en club de mesitas y sofás. Por el escenario desfilaron Spoon River, Franz Nicolay, Mark Eitzel y Nacho Vegas.

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Foto: Mondosonoro

A las 19.40 daba comienzo el festival en una Joy Eslava convertida para la ocasión en un cruce entre genuino night-club de mediados de siglo y “pequeño rincón” de cantautores: sofás, taburetes, mesitas… lástima que las bebidas tuvieran que ir en vasos de plástico (y resultarán tan innecesariamente caras), un ligera pérdida de glamour en un ya de por sí glamouroso teatro. 

No eran ni las 8 de la tarde y la sorpresa fue empezar con rock n roll. Pero rock n roll del macarra, del irreverente, del sensual. Quedaban todavía muchos huecos y el encontrarse con un género inesperado fueron los motivos por los que la gente no terminó de conectar con un grupo que, a mi juicio, mereció mucho más por parte del público. Los teloneros de las dos veladas del festival, Spoon River, se enfrentaron con entereza a lidiar un toro complicado, con querencia a la barra y a la tertulia. Sin embargo, el inusual combo de Santander (guitarra eléctrica, acústica y batería) desplegaron todo su buen hacer, sobrados de ganas, con trallazos de power pop y rock español cargados de energía y actitud. Atención Zodiacs, tenéis competidores. 

Después de animar el espíritu con Spoon River, apareció en escena el trovador-juglar de la noche, Franz Nicolay, ataviado con un traje gris marengo, corbata, sombrero y su bigote, elementos que le daban un aire de pillo personaje de algún film de Fellini. Entonces empezó el mester de juglaría, nos trasladó al Nueva York (ciudad de donde de procede) de los primeros 60 y del Greenwich Village. Armado tan solo de un instrumento (fue alternando entre la acústica, el acordeón y el banjo) y su particular voz, ofreció un recital de folk y canciones desnudas centradas en contar la esencia de las historias que narra. De esta forma, el teclista de The Hold Steady en su faceta en solitario, interpretó de una forma muy especial canciones de su disco Major General como Jeff Penalty, Dead Sailors (espeluznante con el único acompañamiento del acordeón y sus zapatazos, como un marinero llorando las penas tras una borrachera en un nocturno puerto), The Ballad of Hollis Wadsworth Mason Jr. o la versión de The Sharp Things There Will Be Violins. Como curiosidad, al finalizar, hizo de “pipa” el mismísimo Ambite (bajista de Los Pistones y de Jaime Urrutia), programador musical de la Joy. 

A continuación, la vertiente más estilo “pequeño rincón de cantautores” dejó paso al lado más night-club del festival. Apareció un Mark Eitzel convertido en crooner acompañado tan solo de piano y pianista, Marc Capelle (compañero suyo en American Music Club). El de California nos mostró su faceta más Sinatra, pero un Sinatra perdedor, como si Frank hubiese quedado relegado a antros de poca monta, sucios y decadentes. Y no digo esto por desmerecer a Mark, más bien al contrario, porque con su vozarrón, sus maneras y sus canciones llegó al corazón de todos, transportándonos a distintos escenarios e historias. La gente se hacia hueco en sus sofás, acomodándose, fumando placenteramente sus cigarrillos y dando pequeños sorbos a sus  bebidas mientras poco a poco iba entrando en el clímax en el que los introducía Eitzel. Nada más entrar, Mark, cara poco conocida para un público que esperaba a Vegas, reclamó sus aplausos con una reverencia, como firmando un contrato por el cual, a cambio de ese gesto, él ofrecería lo mejor de si mismo. La versión de la canción popularizada por Tony Bennett, I Left My Heart In San Francisco, dio comienzo a un recital vibrante y estremecedor en el que la interpretación de Eitzel hacía saltar las lágrimas. De este modo, circularon por los oídos y cerebros del respetable canciones como Mission Rock Resort de su disco 60 Watt Silver Lining (1996) –nunca una canción me había sabido tanto a whisky cazalloso-, o The Blood On My Hands (de su último disco, Klamath), en donde Nicolay volvió a subir al escenario para acompañar de forma impagable al acordeón y a los coros a Eitzel. Para finalizar, una estupenda versión, la del tema de Billy Paul, Me and Mrs. Jones. A la espera nos quedamos de ver que hacen Eitzel y Peter Buck de R.E.M. en el disco que tienen entre manos en estos momentos. 

Sobre las 22:15 horas llegó el momento más esperado para los asistentes. A esa hora se produjo la entrada en escena de ese poeta maldito, beatnik asturiano y uno de los mayores talentos que ha dado nuestro país en los últimos años, llamado Nacho Vegas. Con puesta en escena en formato acústico, combo de guitarra, a cargo de Nacho (alternando la acústica y la eléctrica); percusión, de Manu Molina; y piano/teclados/acordeón, de la mano de Abraham Boba. Es increíble lo bien que pueden llegar a sonar las canciones de Nacho en este formato, llegando incluso al punto de que no se echan de menos ni el sonido de banda ni las distorsionadas guitarras de Xel Pereda. Vegas repasó su trayectoria en un repertorio que no hace sino recalcar como, con el paso del tiempo, el asturiano se ha hecho con repertorio magnífico compuesto por magníficas canciones. Y eso que en todos los recitales siempre la gente echa en falta alguna, y es que Nacho puede permitirse hacer rotaciones como si, en vez de temas, se tratase de jugadores de fútbol en un equipo de alto nivel. Inició su actuación con Canción de Palacio #7 de Canciones de Palacio y el resto se repartieron con predominio de su último larga duración, Manifiesto Desastre, con Crujidos, Dry Martini, S.A. y el final del concierto, la solicitada Morir o Matar. De Desaparezca aquí cayeron Perdimos el control y Nuevos planes, idénticas estrategias. Con dos canciones también, Gang-bang (popularizada junto a Bunbury en el Freak Show del maño) y Maldición, estuvo representado Cajas de música difíciles de parar. Para completar el set-list, también incluyó de su álbum Actos inexplicables, Que te vaya bien Miss Carrusel, apoteósica versión de Townes Van Zandt, en la que en esta ocasión bordaron de forma excepcional con la grandísima aportación de Boba al acordeón. Como siempre, Nacho demostró que la forma que tiene de comunicarse son casi en exclusiva sus canciones, y así lo demostró sin dirigirse al público hasta la presentación de la banda momentos antes de emprender la despedida con Morir o Matar. Por lo demás, señalar lo variopinto de los seguidores de Vegas, un público que no espera concesiones del artista sino canciones. Chapeau! Y como siempre la gran lírica de Nacho y su facilidad para contar historias y soltar frases rotundas en sus letras, tales como: “no sabes la de cosas que se escuchan cuando tus paredes son todas de papel” o “como buen occidental sé nadar igual que un pez, un pez en un mar de mediocridad”. 

Terminó la primera jornada del festival sonando The End de The Doors. Al fin se deshace la ambigüedad del termino cantautor, mucho mejor explicado en el término anglosajón, singer-songwriter. No todos los cantautores son los pusilánimes ñoñas llorones con guitarrita acústica a los que estamos acostumbrados en España. Curioso que una cosa así esté patrocinada por Coca-Cola, lo aplaudimos.

El jueves 15 fue la segunda jornada del festival pero desgraciadamente no pudimos estar presentes.


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3 Comentarios to “Es NACHO VEGAS, pero nos gusta”

  1. Cery dice:

    bien tono!
     
    qué envidia!!!

  2. José Ramón dice:

    Gracias por el artículo, pero..   ?Cómo que frase rotunda: “no sabes la de cosas que se escuchan cuando tus paredes son todas de papel“?
    Es que no oiste ”Trazé un ambicioso plan; consistía en sobrevivir“?

  3. admin dice:

    José Ramón, touché! toda la razón… quizá debía haber dicho “redondas” en vez de “rotundas”, y “metáforas” en vez de “frases”

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