| Publicado por Jesus Bonilla, el 14 Diciembre 2009 en Artículos Destacados, Reportajes, Surtido Ibérico |

DESPEDIDA DEL CARABOX

El escritor Jesús Bonilla nos acerca bajo su peculiar punto de vista al mítico local de Carabanchel para reflejar la vida de los grupos de rock cuando no están de cara al público. En este reportaje visita a Platos Rotos y narra la manera de trabajar y los pormenores de la labor de los músicos antes de dar un concierto.

carabox1Con el recuerdo bien presente de la visita al local de Platos Rotos en Carabox, merece la pena detenerse, aunque sólo sea durante unos minutos, en algunos aspectos a destacar. Ya desde la entrada, situada en una calle sencilla de un barrio sencillo del sur de Madrid, una ojeada a sus puertas de color rojo, cuyo umbral habrá sido atravesado por infinidad de instrumentistas, quizá algunos que alcanzaran la fama, otros quizá no, pero todos con la marca inequívoca del amor por la música, un visitante comprende que entra en un lugar especial. Para un profano en materia de rock, al menos en el aspecto concerniente a la parte de atrás de este mundo, cualquier detalle observado del interior de un local de ensayo puede resultar interesante, máxime cuando en breve este local quedará como una parte del pasado, cuando un nuevo lugar, en las afueras, se convierta en sede del rock de Platos Rotos.

Con la intención de un explorador que se adentra en territorios vírgenes, con los ojos bien abiertos ante cualquier posible curiosidad que merezca la pena tenerse en cuenta, crucé el umbral, las puertas rojas del Carabox. Mi objetivo era bien sencillo: una simple visita de cortesía en la que saludaría a unos viejos amigos a los que llevo siguiendo desde hace algún tiempo. Un propósito más profundo se ocultaba tras éste: pretendía radiografiar, como tantas veces había hecho anteriormente, una jornada de ensayo de Platos Rotos. La diferencia con mis anteriores visitas radicaba en que su local, el número 17, se abandonaría en el plazo de quince días. Todo el rock, toda la música, toda la poesía y todo el arte que habían nacido entre las cuatro paredes de este local quedarían en el recuerdo.

Con la sensación de cargar con una gran responsabilidad sobre mis hombros, me adentré en el Carabox. Ya desde la entrada se aprecia un lugar donde la amistad es bien acogida. Más allá de la entrada, y tras bajar unas escaleras que ponen el interior bajo el nivel del suelo de la calle, un bar, una taberna de las más típicas de barrio recibe a los visitantes. No falta en este lugar buena música sintonizada en la radio, cuando no sea un vídeo –Recuerdo en cierta ocasión ver un concierto de Chick Corea en la televisión.– desde una televisión que preside el lugar. No faltan aquí los grupos de amigos disfrutando de una cerveza y una conversación, cómo no, de música. Mi visita me impidió quedarme aquí. Asuntos más importantes me reclamaban en el interior.

En concreto el local número 17 esperaba mi visita, ya anunciada, y en la que calentaban motores varios miembros del grupo. Desde la taberna hasta este punto hay que atravesar un largo pasillo dedicado en exclusiva a acoger a un gran número de grupos de rock. De hecho, y a riesgo de resultar pedante y sabiondo, hasta llegar al local de Platos Rotos, tuve oportunidad de pasar por delante de 16 locales diferentes. En muchos, a decir verdad la gran mayoría, tienen en la puerta el nombre del grupo que los utiliza. A medida que avanzaba no pude menos que oír –Lamentablemente una de las pegas del Carabox es la mala insonorización de sus locales.– a muchos de los grupos ensayando. Me preguntaba cuántas ilusiones, cuántas horas de trabajo y cuánto esfuerzo se hallaban al otro lado de cada una de esas puertas. Merecería un libro entero la riqueza musical y personal de todos los amantes del rock que se pueden encontrar a diario dentro del Carabox.

Sin mucho tiempo para meditaciones filosóficas, me presenté delante de la puerta 17. Del interior provenía el sonido de los instrumentos de varios de los miembros del grupo que me disponía a visitar. Las obligaciones profesionales no suelen permitir que todos los integrantes de Platos Rotos se encuentren siempre para los ensayos. Este día no iba a ser una excepción. En el interior, sentados en sillas, con las luces encendidas, Diego, bajista, y Maxi, guitarra solista, preparaban su próximo concierto.

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Mi llegada coincidió con la de Marcos –No tan casual ya que él mismo me había acercado en coche esa tarde.–, batería, que con rapidez se dispuso ante su instrumento, y comenzó a calentar. Durante este periodo, mientras aguardaban la llegada de Javi, vocalista, y ante la obligada ausencia de Santi, guitarra rítmica, me permití el lujo de observar con atención el local. Éste se encontraba a rebosar de objetos de muy diversa índole, pero todos relacionados, de una u otra forma, con la música. Desde un primer instante no pude evitar pensar que tanto artilugio debía salir en breve. Supongo que ninguno de los miembros del grupo se había dado cuenta de cómo habían llenado los veintipocos metros cuadrados del local con cachivaches. La mayoría parece tener una simple labor decorativa ya que acumulan polvo en los rincones y su uso resulta poco o nada práctico. Me refiero a amplificadores rotos, estuches de instrumentos vacíos, muebles, bolsas de plástico… Creo que en un par de semanas mis amigos recordarán lo complicado que es empacar todo un mundo en cajas de cartón. Hasta ese momento, ese caos le añade un ápice de autenticidad al local.

Entre esas cuatro paredes viven no sólo los instrumentos y demás equipo, allí dentro también se encuentra una forma de ver el mundo, todo un estilo de vida, el estilo del rock. Un rápido repaso por las paredes, en donde cuelgan pósteres y recortes de periódicos y revistas, se puede apreciar el imaginario musical que ha conformado Platos Rotos. Al parecer tienen cabida un colectivo ecléctico de músicos: desde los rocosos Led Zeppelin, pasando por los siempre presentes Beatles o Rolling Stones, hasta un inusitado Geoges Brassens con su guitarra y su sempiterna pipa en ristre. No sólo los típicos ídolos musicales tienen cabida entre estas cuatro paredes. También conservan carteles de sus conciertos, algunos auténticos objetos de coleccionismo por su rareza, y otros objetos que, a pesar de no hacer referencia al mundo de la música, no resultan menos interesantes: un póster de la película Gilda o una reproducción de El Grito de Munch. Un repaso más meticuloso a todo el fetichismo mitómano de las paredes merecería un espacio del que, lamentablemente, carezco.

Poco tiempo después, hizo acto de presencia el último miembro que esa tarde se esperaba en el local número 17, Javi. Después de que se acomodara, conectara su micrófono y apagara las luces, daba comienzo el ensayo propiamente dicho. El tiempo corría en contra del grupo y debían prepararse para su próximo concierto en el Caravan, el local en el que hicieron su debut allá por el mes de marzo de 2009. Se lanzaron sin mayores reparos a afrontar el repertorio que han depurado de un tiempo a esta parte. El mismo Javi, quizá de manera un poco precipitada y sin mucho tiempo, había preparado sendas listas manuscritas. En una aparecían todos los temas, cerca de una veintena, en los que han trabajado desde el nacimiento de Platos Rotos. En la otra se apuntaban las canciones que interpretarían en su próxima actuación.

Un rápido vistazo a esta segunda lista me llevo a la conclusión de que el grupo asienta un estilo propio sobre una serie de canciones que los identifican. Hablo de temas como Dónde vas, Tu mujer o Ráscale, interpretados con anterioridad y que en cualquier actuación suya no deben faltar. A esta lista se añaden otros nuevos como Momento y eternidad o Bombay, recién nacidos, que ejemplifican las tormentas creativas que se gestan en este pequeño rincón a diario.carabox3 Tormentas que, vale la pena decirlo, no necesitan de todos los miembros del grupo ya que cada uno de ellos tiene una capacidad imaginativa digna de encomio –Quizá sea éste uno de los detalles que más a favor hablen de Platos Rotos. Puede que actúen en el futuro o puede que no. En cualquier caso su impulso creativo los empuja a seguir adelante pase lo que pase.–. Una canción más, una por la que siento mayor predilección dado que fue la primera que oí interpretar, en una grabación un poco tosca, de los hermanos Jiménez (Javi y Maxi), aparece en la lista de temas del próximo concierto. Se trata de Sarampión [de insolación], un tema al más puro estilo rockero y que ha sufrido tantos cambios y ligeras variaciones desde aquel primero que escuché que no estoy muy seguro de hasta qué punto me sé la letra. Si he de elegir una canción favorita de Platos Rotos me quedo sin duda con ésta, supongo que por razones personales.

Sentado en un rinconcito a oscuras, se me permitió asistir a este ensayo y disfrutar de la frescura de la música en directo. No puedo menos que decir que fue una experiencia enriquecedora. Al asistir a un concierto, uno presencia un trabajo consumado, una sesión de música de alrededor de una hora en el que se presenta un material que no admite corrección–Creo que a eso se refieren los profesionales cuando hablan de las cosas del directo.–. Pero detrás del directo existen muchas horas de ensayo y preparación. Cada detalle, cada pequeño matiz de la canción, y en un grupo con cinco miembros hay bastantes, deben ser repasados una y otra vez, sin dejar margen al azar, pulidos sin cesar hasta que no dejen lugar a la duda. En palabras de Maxi: “Se debe tocar con firmeza y elegancia”. No puedo estar más de acuerdo con él. Son estas dos características las que definen la música de Platos Rotos. La firmeza habla de la confianza y la concentración que nunca deben faltar en toda actuación. Estos dos detalles no se suelen tener en cuenta, se dan por supuestos en cualquier grupo. La firmeza, tal y como la entiende en particular el guitarra solista y en general todo el grupo, se refiere a le experiencia y a las numerosas horas de ensayo hasta que cada una de las partes aporte su pequeño grano de arena. En resumen: que Platos Rotos suene como algo más que la suma de sus partes. Por otra parte, la elegancia se refiere a un aspecto más intangible de la música. Habla de alcanzar un grado de interpretación más lírico, que convierta las canciones en mucho más que una serie de notas, llegar a compenetrar con aquel que las escuche, que le cuenten una parte de sí mismo que no conocía, o que le recuerden una historia que vivió y que ya había olvidado.

carabox4En relación con esta elegancia, cabría hablar de pureza, entendida ésta como sobriedad en el estilo, abandono de toda floritura y filigrana que oculten la intención auténtica de cada canción. Este abandono de un estilo recargado se puede apreciar en temas como Dónde vas o en Bombay –Cuya versión en directo estoy deseando reseñar.–, uno de los nuevos. Quizá sea éste otro de los detalles que mejor hablen de Platos Rotos. La sencillez de su música y su letra podrían llevar a la conclusión, equivocada, desde luego, de que las canciones apenas han sido trabajadas. Nada más lejos de la realidad. La sencillez, la pureza, es un elemento muy fácil de imitar, pero muy complicado de alcanzar. Los punteos del guitarra solista, acompañados de forma hipotética en este ensayo por la guitarra rítmica, ausente, ponen de manifiesto las dos características que definen la música de Platos Rotos, firmeza y elegancia: estilo directo, conciso, sin que le falte ni sobre una nota. De semejante forma se puede hablar de la letra, pura poesía, el lenguaje de la calle que ha pasado por las estancias más profundas del alma y que se pone de manifiesto con la quebrada voz de Javi.

La mancha de este ensayo, porque es evidente que alguna debe existir, hace referencia a las nuevas canciones. Una interpretación de Momento y eternidad pone de manifiesto que aún quedan ciertos ajustes por concretar. A grandes rasgos la canción está rematada. La letra ha quedado finiquitada, de la misma forma que la melodía. Los miembros del grupo asistentes al ensayo, ante las evidentes lagunas, apenas simples detalles, que restan por rematar en la interpretación del tema, aportaron diversas soluciones. Esta es la parte del rock que no se aprecia en un concierto, todo el mundo que queda oculto. Son retoques de última hora, los últimos que hacen que una maquinaria, perfectamente encajada y sincronizada, funcione. A estos detalles, en los que participan todos los miembros del grupo sin excepción, cabría calificarlos como el lubricante que permite a la maquinaria de Platos Rotos funcionar.

Temas como éste necesitan un poco más de ensayo, pero me permitieron observar, una vez más, la magia del trabajo en equipo, de la creatividad de varias mentes puestas en un solo objeto: la música. De manera análoga se puede ver el aporte de nuevos temas. Fui testigo de la interpretación, apenas un par de acordes de guitarra acompañados de batería, de una nueva canción que será perfeccionada en próximos ensayos. No sé ni su título ya que la letra no está escrita, tan solo existe en la mente de su autor: Marcos. Es la primera parte, la más compleja, de todo el proceso de creación: la estructura, la base de la canción sobre la que se construirá el tema a interpretar en un concierto. Me gusta imaginarlo como el bosquejo, hecho a carboncillo, de un pintor sobre el lienzo, boceto que servirá de andamiaje sobre el que añadir los colores y pequeños detalles que conformaran el cuadro terminado. Tengo mucho interés en saber cómo sonará esta canción.

Me gustaría concluir estas líneas con una opinión personal acerca del grupo Platos Rotos, en particular, y con el rock aficionado, en general. La seriedad con que estos grupos se toman su tarea resulta fascinante. Quizá no exista un futuro profesional para muchos de los grupos que ensayan en Carabox, yo soy el menos indicado para saberlo, pero esa incertidumbre en cuanto al futuro no resta en absoluto determinación a su trabajo. Su pasión por la música y por la creatividad son motores suficientes para que las canciones nazcan, se ensayen y se den por buenas a diario. El empuje y la decisión que caracterizan a los grupos aficionados de rock van más allá de un posible éxito profesional el día de mañana, se centran en la amistad que une a los miembros del grupo, en concreto a Platos Rotos, de cuya unidad he sido testigo en ésta y en anteriores ocasiones.

Es la amistad que los une, la diversión que les produce tocar su música son los aspectos que más destacaría de mi visita al local 17 del Carabox y por los que ardo en deseos de ver su próxima actuación el 28 de Noviembre de 2009 en el Caravan.


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