Pese al gélido viento de Madrid y a la agobiante masificación de las calles del centro de la capital, el pasado sábado 12 de diciembre fuimos un poquito más felices asistiendo a la presentación del primer disco de Olivia de Happyland. Toda una lección del mejor pop sustentada en una gran banda de rock.

Foto: José Calderero
En una entrevista para el periódico The Telegraph el pasado verano, Olivia de Havilland describía al personaje que le dio la fama, Melanie Hamilton -una de las protagonistas de la imperecedera Lo que el viento se llevó-, con estas palabras: “Melanie era de carne y hueso, preocupada por los demás, pero también una mujer inteligente y dura. Aunque, por encima de todo, era una mujer con gran capacidad para ser feliz”. Palabras que podríamos utilizar para Olivia de Happyland.
Por un lado, uno de los motivos es la elección de su nombre artístico: un más que evidente guiño a la actriz norteamericana combinado con el juego de palabras del “país de la felicidad” y la temática de la mayoría de sus composiciones. Por el otro, la oscuridad de alguna de sus canciones, oscuridad inteligente y dura. Todo esto quedo perfectamente plasmado el pasado sábado en la sala El Sol, donde presentó en sociedad su primer vástago discográfico: Casi Feliz.

Fotos: José Calderero
Diez temas compusieron la actuación, diez temas para glosar perfectamente cómo es y por dónde respira. Las comparaciones son odiosas y, por lo general, bastante gratuitas. Muchos, sin realmente pararse bien a saber de qué es de lo que están hablando, podrían encorsetarla en el nuevo movimiento neo-folkie/canción de autora –sin desmerecer, por supuesto, a las Russian Red, Alondra Bentley, Annie B Sweet, etc. Aunque, por desgracia, muchas veces la proliferación masiva genere prejuicios–; pero es que, como me comentaba un buen amigo de esta publicación con el que me encontré presenciando el concierto, lo que habíamos escuchado no era folk, ni mucho menos, “es rock”, me dijo, “vale, sí. La banda es rock, pero la delicadeza es del mejor pop”, contesté.
Me decía lo del rock de forma totalmente justificada, y es que una cosa son las canciones que hagas –ya de por sí sean buenas o malas–, y otra bien distinta es el cómo las presentes, cómo las envuelvas, y así, en este caso, sí se puede decir que era rock. Olivia se rodea de una compacta y efectiva banda de rock que no solo ensalza las virtudes de su música, sino que la transportan a una dimensión en la que un artista puede moverse con total soltura y poder ofrecer lo mejor de sí mismo. Una base rítmica solida y sin fisuras, un colchón ambiental aportado por los teclados, una segunda voz como llevando entre bambalinas la voz de Olivia, conformaban un combo ya de por sí lustroso. Pero es que –y permítanme que recurra al símil futbolístico– cuando uno tiene un buen equipo y encima tiene a jugadores determinantes como Leo Messi o Cristiano Ronaldo, las cosas cambian y se juega ya en otra Liga; y, en el caso de Olivia, tener a la guitarra a David Gwynn, con su alma blues y todo su arsenal de riffs y punteos, es un seguro de vida.
Abrió la actuación, tras la apertura como telonero de Roger Sincero, con Bob tenía razón, un recurso, el de aludir a Dylan, que se me antoja como el de un torero que antes de salir al ruedo se encomienda al santo de su devoción, solo que en este caso la encomendación es en la misma arena, como comulgando con los presentes. El baúl estaba abierto y Olivia sacaba su delicadas piezas de pop bañadas en rock, piezas como por ejemplo: la inocente –por lo feliz– pérdida de la inocencia en Mi último error, Pierdo el camisón, la instrumental y ensoñadora Happyland, Domestícame, las oscuras Chica del tiempo perdido –con una intro de Gwynn a caballo entre Pink Floyd y Mark Knopfler– y Felices Novios –trágica, trágica, trágica, y musicalmente magistral– o la guitarrera y canalla Dulce Animal. Cerró, en el bis, con puro rock n roll, del clásico, del visceral, del que a todos nos vuelve locos, con una versión, la única de la noche, de C’plan pour moi de Plastic Bertrand, solo que más pura, sin rastro de ornamentación ochentera.

Fotos: José Calderero
Conclusión: que si antes del concierto Olivia nos invitaba a ser “casi felices”, podemos decir que lo consiguió. Aún diría más, por un momento lo fuimos completamente, luego, ya en la calle, el gélido viento de Madrid nos devolvió amargamente a la realidad, aunque no del todo… Si por algo fue el que uno de nuestro equipo (de RockStyle), cuando Olivia anunciaba que quedaba poco para terminar, gritara que no, que siguiera. Y aunque ella comprobó que no era uno de sus amigos, en RockStyle queremos ya considerarnos entre ellos. Chapeau!
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