Kasabian

Recuperación intensiva al lado de la barra mientras sonaban The Sounds, que ni frío ni calor. Me recuerdan a La Oreja de Van Gogh en inglés, pero los suecos son mucho peores. Y detrás, la última y gran actuación de la noche: Crystal Castles, un cierre de festival con muchísima expectación y que decepcionó a los más morbosos. De todos es sabido lo mucho que Alice, la oscura y gritona vocalista, la arma en sus directos: desde ir completamente colocada y tirarse al público hasta destrozar el equipo de sonido, instrumentos y marcharse… vamos, una joyita de chica. Muchos esperaban un show de ese calibre pero, por lo visto, ese día se sentía niña de la luz. De todas maneras disfrutamos mucho con la propuesta experimental de los canadienses y nos fuímos a dormir bien contentos tras dejarnos las pocas suelas que nos quedaban en los zapatos con temazos como Baptism o Crimewave.

A pesar de los manguerazos inesperados (que tan bien sentaban a aquellos que no se despegaban de primeras filas), de los bocadillos de tortilla de patata congelada o de cuatro trozos de jamón… todo lo demás fue perfecto. Está claro que el Dcode no ha hecho más que empezar y que puede llegar a convertirse en uno de los festivales de referencia. Esperemos que si el año que viene recopila una cifra mayor de asistenes (éramos 13.000 este año) podamos estar tan agusto y relajados como esta primera vez. Después del agobiante Día de la Música, el Dcode fue todo un regalazo. ¡Larga vida!

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